Hombre soltero busca…

Necesitaba conducir, le relajaba, a sus 34 años, era un hombre soltero con una carrera, con casa y con coche, con vacaciones de ensueño, lo único que le faltaba era alguien con quien poder compartirlo.

Solo pedía una chica con la que poder reír, discutir, abrazarse, llorar, (si, los hombres también lloramos), hacer el amor.

Había accedido a tener una cita a ciegas con la hermana de un compañero de oficina, ella también estaba soltera y también buscaba compañía, o eso le había dicho su amigo.

Habían quedado para tomar un café.

Sabía que llegaba pronto, pero es que estaba tan nervioso, que la casa le estaba agobiando, así que decidió ir un poco antes para poder encontrar el sitio y reservar una mesa para dos.

Se dio una vuelta por los alrededores del local para hacer tiempo y cuando llegó la hora se sentó en una mesa, pidió un café y se dispuso a esperar. Y esperó y esperó, hasta que pasadas hora y media, se dijo a si mismo que Sara ya no iba a aparecer.

Cuando fue a levantarse, vio que una chica llegaba a todo correr.

-Perdona, ¿eres Jorge?, soy Sara, disculpa la tardanza, pero es que ha habido un imprevisto en la carretera y acabo de llegar.

-Bueno, aunque tarde has aparecido, ¿te parece que nos sentemos o quieres hacer otra cosa?

Pues prefiero dar un paseo y charlar, así nos conocemos mejor.

Empezaron a caminar y a contarse banalidades, hasta que Sara ya no aguantó más y dijo:

-Me gustaría poder besarte, sabes, me pareces muy guapo, pero te voy a ser sincera, por mucho que físicamente nos gustemos, es muy importante cómo nos comportamos el uno con el otro de forma íntima, a veces la química deja de ser reactiva para ser pasiva.

-Chica muy directa, ok dijo, vayamos al grano, a decir verdad, me has gustado en cuanto te he visto aparecer toda despeinada y tan natural.

Juntaron sus bocas y…un rayo, qué digo, dos, tres, no sabría decir, pero explotó muy dentro de ellos.

Fueron conscientes de que no podían pararlo y de que no querían pararlo.

Vamos a mi casa, dijo Sara.

Cuando llegaron, se sirvieron una copa de vino para caldear el ambiente.

Hubo un momento en el que Sara desapareció sin decir nada y el se quedó expectante a ver con qué nueva sorpresa salía.

Pues la sorpresa fue que salió con un camisón lencero que lo único que tapaba era… ¿nada?

Sara se puso a horcajadas encima de el y empezó a besarle.

A Jorge le daba vueltas la cabeza, esto no puede estar pasando, se dijo, pero Sara empezó a desabrocharle el pantalón para liberar su miembro ya mas que preparado para lanzarse al ataque de aquella preciosa e intrépida guerrera que le estaba volviendo loco.

Sara se acopló a el de una manera muy sutil pero muy segura. Dios, pensó, la hora y media de espera ha merecido la pena.

Empezó a moverse encima de el de tal manera que el orgasmo de Jorge llegó de una forma brutal y muy deprisa, mas de lo que a él le hubiera gustado.

No te avergüences, dijo Sara, tú puedes hacer que el mío sea igual de apasionante utilizando tu lengua.

Solo hizo falta decirle que utilice su lengua con ella, para que se levantara de un salto, la tumbara en el sofá y empezara a saborear lo más íntimo, cuando llegó a la cúspide, lanzó un suspiro y se le quedó mirando como si acabara de ver por primera vez.

Cuando terminaron, empezaron por el principio, ya sin vergüenzas, a contarse cosas de su vida: en qué trabajaban, dónde iban de vacaciones, cosas que si se tratara de una pareja normal hubieran empezado por el principio.

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©Ziortza Castro Belaunde.

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